
Poco antes de las doce, cuando ya empezaba a pensar en el almuerzo con apetito, sintió unos golpecitos en la puerta.
– Avanti -gritó y, al levantar la cabeza, vio a Alvise.
– Una persona pregunta por usted, comisario -anunció el agente con una sonrisa.
– ¿Quién es?
– Oh, ¿tenía que habérselo preguntado? -dijo el joven, sinceramente sorprendido de que pudiera esperarse de él semejante cosa.
– No, Alvise; hágalo pasar, por favor -dijo Brunetti con voz neutra.
Alvise dio un paso atrás y agitó el brazo, emulando el elegante movimiento de los enguantados agentes de tráfico de las películas italianas.
El ademán hizo pensar a Brunetti que en su despacho iba a entrar un personaje de la categoría del presidente de la República, por lo menos, y echó el sillón hacia atrás, disponiéndose a levantarse, a fin de mantener el alto nivel de urbanidad que había marcado Alvise. Al ver entrar a Marco Erizzo, Brunetti dio la vuelta a la mesa, estrechó la mano a su viejo amigo y luego lo abrazó dándole palmadas en la espalda. Al soltarlo miró aquel rostro familiar.
– Marco, qué alegría. ¡Dios, si hacía siglos! ¿Dónde estabas? -Llevaban, ¿cuánto?, un año, quizá dos, sin verse, pero Marco no había cambiado. El cabello conservaba su tono castaño, libre de canas, y aquella abundancia que tanto trabajo daba al peluquero, y la risa seguía marcando una miríada de pliegues en torno a los ojos.
– ¿Dónde crees tú que he estado, Guido? -preguntó Marco, que hablaba veneciano con el cerrado acento giudecchino que, hacía casi cuarenta años, cuando él y Guido estaban en primaria, le valía las burlas de sus compañeros de clase-. Aquí, en casa, trabajando.
– ¿Estáis bien? -se interesó Brunetti, incluyendo en la pregunta a la ex esposa de Erizzo y sus dos hijos, además de su actual compañera y la hija de ambos.
– Todos bien, felices y contentos -dijo Marco, con su respuesta habitual. Todo bien, todos contentos. Entonces, ¿qué lo traía a la questura esta hermosa mañana de octubre, en la que seguramente tendría cosas más importantes que hacer en sus muchas empresas? Marco miró su reloj-. ¿Es hora para un’ombra?
