A la mayoría de los venecianos, a partir de las once de la mañana, cualquier hora les parece buena para un’ombra, por lo que Brunetti asintió sin vacilar.

Camino del bar de Ponte dei Greci, hablaban de todo y de nada: de la familia, de los viejos amigos, de lo estúpido que era no verse casi nunca, excepto cuando se cruzaban en la calle y apenas cambiaban unas frases antes de seguir corriendo hacia lo que reclamaba su tiempo y su atención.

Al entrar en el bar, Brunetti iba hacia la barra, pero Marco lo asió del codo y lo llevó a la mesa de un rincón, al lado de una ventana. Brunetti se sentó frente a su amigo, seguro de que ahora descubriría qué lo había llevado a la questura. Ninguno de los dos había pedido nada, pero el camarero, que hacía años que tenía de cliente a Brunetti, les llevó dos copas de vino blanco y volvió a la barra.

– Cin cin -dijeron ambos, y tomaron pequeños sorbos. Marco movió la cabeza de arriba abajo con satisfacción-. Mejor que lo que te dan en la mayoría de los bares. -Bebió otro trago y dejó la copa en la mesa.

Brunetti no decía nada, sabedor de que ésa era la mejor táctica para hacer hablar a un testigo remiso.

– No voy a hacernos perder tiempo, Guido -dijo Marco con una voz distinta, más grave. Tomó la corta pata de la copa entre el índice y el pulgar de la mano derecha y le imprimió una pequeña rotación, gesto que inmediatamente resultó familiar a Brunetti. Siempre, desde que era niño, las manos de Marco delataban su nerviosismo, ya fuera rompiendo la punta del lápiz durante un examen o manoseando el botón del cuello de la camisa mientras hablaba con una muchacha que le gustara-. ¿Vosotros, chicos, sois algo así como los curas? -preguntó Marco levantando los ojos un instante y volviendo a mirar la copa.



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