– ¿Qué chicos? -preguntó Brunetti, desconcertado.

– Los polis. Aunque seas comisario. Me refiero a que, si te cuento algo, ¿será como cuando éramos chicos y nos confesábamos, y el cura no podía decir nada a nadie?

Brunetti disimuló una sonrisa bebiendo un sorbo de vino.

– Me parece que no es lo mismo, Marco. Los curas tenían la obligación de callar, por gordo que fuera el pecado. Pero, si tú me hablas de un delito, probablemente, yo tenga que hacer algo al respecto.

– ¿Un delito como cuál? -En vista de que Brunetti no respondía, Marco prosiguió-: Quiero decir: ¿cómo tendría que ser de grave el delito para que tuvieras que actuar?

La perentoriedad del tono de Marco denotaba que no se trataba de una especulación gratuita, Brunetti meditó la respuesta:

– No sabría decirte. No puedo hacerte una lista de todo. Veamos, cualquier cosa grave o violenta, imagino.

– ¿Y si aún no hubiera ocurrido nada?

A Brunetti le sorprendió oír esa pregunta de labios de Marco, hombre realista, amigo de lo concreto. Era insólito que planteara una cuestión hipotética; Brunetti no recordaba haber oído a Marco utilizar una estructura gramatical compleja; lo suyo era la exposición clara y escueta.

– Marco, ¿por qué, sencillamente, no confías en mí, me cuentas lo que sea y dejas que vea qué se puede hacer?

– No es que no confíe en ti, Guido. Bien sabe Dios que sí, o no hubiera venido a verte. Es sólo que no quiero causarte problemas al decirte algo que quizá tú no quieras saber. -Miró a la barra, y Brunetti pensó que iba a pedir más vino, pero cuando su amigo se volvió otra vez hacia él comprendió que sólo quería comprobar si alguien podía oír lo que estaban hablando. En la barra había dos hombres, pero parecían enfrascados en su propia conversación-. De acuerdo, te lo contaré -dijo entonces-. Y luego tú decides.



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