Brunetti advirtió con sorpresa que el comportamiento de Marco y hasta el ritmo de sus frases se parecían a los de muchos de los sospechosos a los que él había interrogado durante tantos años. Siempre llegaba un momento en el que claudicaban y dejaban de resistirse al impulso de contar lo que sucedía o había sucedido o qué les había impulsado a hacer lo que habían hecho. Y ahora Brunetti aguardaba.

– Como ya sabes, o quizá no, he comprado otra tienda cerca de Santa Fosca -dijo Marco, e hizo una pausa, para dar lugar a que Brunetti respondiera.

– No lo sabía -dijo Brunetti, consciente de que debía limitarse a dar respuestas breves. No indagar ni pedir aclaraciones, sólo dejarles hablar hasta que se les acabe la cuerda. Cuando parezca que no tienen nada más que decir es el momento de empezar a hacer preguntas.

– Es la tienda de quesos que era del calvito aquel que siempre iba con sombrero. Un buen hombre. Mi madre compraba a su padre cuando vivíamos allí. Bien, el año pasado le triplicaron el alquiler y decidió retirarse del negocio, yo le pagué la buon’ uscita y me hice cargo del contrato de arrendamiento. -Miró a Brunetti, para comprobar que le seguía-. Ahora bien, como se trata de vender máscaras y souvenirs, hacen falta escaparates, para que la gente vea el género. Él tenía uno solo a la derecha, donde ponía el provolone y el scamorza, pero hay otro a la izquierda, sólo que su padre lo tapió hará unos cuarenta años. Figura en los planos originales, de modo que puede volver a abrirse. Y yo lo necesito. Yo necesito dos escaparates, para que la gente pueda ver todas esas chorradas y llevarse una máscara a Düsseldorf.

Ni él ni Brunetti consideraron necesario comentar semejante tontería, ni aludir a la circunstancia de que muchos de los artículos de «artesanía veneciana» que se venderían en la tienda se fabricaban en países del Tercer Mundo, en los que el único canal que habían visto los artesanos era el que discurría por detrás de sus casas y servía de cloaca.



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