– ¿Piensas pagar?

– No tengo elección, ¿no te parece? -preguntó Marco con fatiga-. Ya estoy pagando al abogado más de cien millones de liras al año, sólo para solventar los pleitos que me pone la gente en mis otros negocios. Si presento una demanda contra funcionarios municipales por poner trabas a la lícita explotación de mi negocio o por lo que a mi abogado se le ocurra imputarles, me saldrá aún más caro, el asunto se alargará durante años y al final me quedaré como antes.

– Entonces, ¿por qué has venido a verme? -preguntó Brunetti.

– Me gustaría saber si tú podrías hacer algo. Me refiero a si yo debería marcar los billetes o algo así… -La voz de Marco se apagó y él apretó los puños-. No es el dinero. En un par de meses puedo recuperarlo, con la de gente que compra todas esas birrias. Es que estoy hasta el gorro de trabajar de esta manera. Tengo tiendas en París y en Zúrich, y allí no se andan con esos cambalaches. Tú pides un permiso, ellos dan curso a tu petición y, terminados los trámites, te dan el permiso y empiezas las obras. Allí nadie se te cuelga de una teta, tratando de chupar. -Dio un puñetazo en la mesa-. No me extraña que esto sea un caos. -Bruscamente, su voz se elevó con un tono agudo y, durante un momento, Brunetti temió que su amigo perdiera los estribos-. Aquí no se puede trabajar. Lo único que quieren esos sinvergüenzas es chuparnos la sangre. -Otra vez golpeó la mesa con el puño. Los dos hombres del mostrador y el camarero los miraron, pero en Italia aquello no era una novedad, y se limitaron a asentir en silencio antes de proseguir su conversación.

Brunetti no sabía si las invectivas de Marco estaban dirigidas a Venecia en particular o a toda Italia en general. No importaba demasiado: en cualquier caso, tendría razón.



15 из 244