– ¿Qué vas a hacer? -preguntó Brunetti.

Implícito en la pregunta -y así lo comprendían ambos- estaba el reconocimiento de que él nada podía hacer. En su calidad de amigo, podía compadecerse de las cuitas de Marco y compartir su indignación, pero, como policía, estaba impotente. El soborno se pagaría en efectivo, y el dinero contante y sonante no deja huella. Si Marco presentaba una queja formal contra alguien que trabajara en la comisión de planificación, ya podía pensar en cerrar las tiendas y retirarse de los negocios, porque nunca conseguiría otro permiso, por pequeña y por urgente que fuera la obra.

Marco sonrió y se deslizó hacia el extremo de la banqueta.

– Sólo quería desahogarme, imagino. O quizá restregártelo por las narices, Guido, porque trabajas para ellos, en cierto modo, y, si ésta era la razón, lo siento y te pido perdón. -Su voz parecía normal, pero Brunetti le miraba los dedos que ahora doblaban las esquinas de una servilleta de papel en cuatro triángulos iguales.

Brunetti se sorprendió de lo mucho que le dolía que un amigo pudiera pensar que él trabajaba para «ellos». Pero, si no trabajaba para «ellos», ¿para quién?

– No creo que la razón sea ésa -dijo al fin-. O, por lo menos, así lo espero. Y también yo he de pedir disculpas, porque no puedo hacer nada. Podría decirte que presentaras una denuncia, pero sería como decirte que te suicidaras, y no deseo eso. -Se preguntaba cómo podía Marco seguir abriendo tiendas si a cada paso se encontraba con esto. Pensaba en el muchacho inquieto y soñador con el que durante tres años había compartido el pupitre del colegio, y recordaba que Marco no podía estarse quieto mucho rato y, sin embargo, siempre tenía la paciencia necesaria para terminar una tarea antes de lanzarse a otra. Quizá Marco estaba programado como una abeja, y tenía que estar siempre trabajando y, cuando terminaba una cosa, salir volando en busca de otra ocupación.



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